Democracias capturadas, pueblos sometidos
Por Berit Knudsen
En América Latina, el autoritarismo no puede entenderse como anomalía o rezago ideológico del siglo XX. Venezuela, Nicaragua y Cuba, capturadas y vaciadas desde dentro, transformaron la democracia en estructura funcional al poder. Estos regímenes, resistentes al cambio, se proyectan hacia afuera para replicarse y blindarse internacionalmente.
Izquierda y derecha no bastan para evaluar un proyecto político. En una región que enfrentará cinco ciclos electorales presidenciales en 2026 –Costa Rica, Perú, Colombia, Haití y Brasil–, los riesgos no son propuestas económicas o ideológicas, sino la relación de los candidatos con los límites del poder. El reto es garantizar la capacidad de corregir, alternar y exigir rendiciones de cuentas después de la elección.
El rol articulador de Cuba es innegable. La Habana promovió agendas mediante guerrillas hasta 1990. Con el Foro de São Paulo, transforman la estrategia para acceder al poder por medios electorales. Utilizan la democracia como mecanismo de entrada, sin alternancia, desmontándola desde dentro. Venezuela es el caso más exitoso de esa mutación; Nicaragua, su réplica.
El autoritarismo, ya instalado, se enquista, echando raíces en instituciones estatales y la vida cotidiana. Por eso, aparentes salidas no producen transiciones reales. Bolivia en 2019 ilustra cómo la caída de Evo Morales derivó en el retorno del bloque político, evidenciando la captura del sistema.
El proceso se construye por capas. Primero, coerción: control de fuerzas del orden, inteligencia y aparatos represivos que castigan selectivamente, disciplinando al conjunto. Protestar tiene un costo inmediato y personal.
La segunda capa es económica. Estos regímenes buscan independencia fiscal mediante rentas extractivas, economías ilícitas y flujos opacos. Pobreza no implica el fracaso del sistema, es la condición funcional para crear dependencia, condicionando los beneficios ciudadanos.
La tercera capa es el relato. Antiimperialismo, soberanía y victimismo histórico son marcos morales, justifican la concentración del poder. La crítica es traición; la prensa, enemiga; los tribunales, obstáculos; y la oposición, instrumento extranjero, aunque ellos dependan del apoyo externo para sostenerse.
La cuarta capa coloniza la vida cotidiana. Empleo, vivienda, educación y acceso a bienes básicos se politizan. Disentir implica perder oportunidades, seguridad o subsistencia. Los ciudadanos no ejercen derechos: administran riesgos.
La quinta capa es internacional. Ningún autoritarismo gobierna solo. Cuba, Venezuela y Nicaragua sobreviven con redes externas que los reconocen, financian y defienden en organismos multilaterales. Más que diplomacia, el intercambio es funcional y técnico. Inteligencia, vigilancia, control social y desinformación circulan entre aliados. China aporta tecnología de control; Rusia, coerción híbrida y propaganda; Irán, redes de represión; Cuba, método político e inteligencia regional.
Confunden deliberadamente soberanía estatal con soberanía popular. Foros como la ONU priorizan la integridad territorial y no intervención. Las violaciones sistemáticas de derechos humanos se postergan con acciones colectivas, volviéndolas inoperantes; el multilateralismo se convierte en discursos sin consecuencias y el autoritarismo, irreversible. Así, derrocarlos tiene costos enormes y la valentía cívica resulta insuficiente para liberar a una sociedad sometida.
El reto electoral es concreto. Identificar qué candidatos aceptan límites reales cuando todavía no tienen el poder. Cómo hablan sobre la Constitución, la prensa crítica, tribunales y la alternancia. Cómo se posicionan frente a regímenes como Cuba, Venezuela o Nicaragua: los reconocen como autoritarios o relativizan en nombre de la soberanía, el antiimperialismo o la afinidad política. Quien normaliza el autoritarismo ajeno prepara el terreno para justificar el propio.
Recordemos que un poder capturado es casi imposible de revertir.








