Cae el tirano venezolano, dilemas sobre el “día después”
Berit Knudsen
La captura de Nicolás Maduro sacudió a Venezuela y al mundo. A pesar de comentarios indirectos de Donald Trump durante las semanas previas, aludiendo a “boots on the ground” o acciones que “podrían ocurrir”, el éxito de la operación fue el factor sorpresa. Algo similar ocurrió meses antes con el ataque “Martillo de Medianoche” contra Irán, acción quirúrgica que descolocó a aliados y adversarios. En ambos casos, Trump insinuó sin revelar el momento o la forma, ambigüedad como parte del diseño.
Lo ocurrido en Caracas no se presenta como guerra o invasión; las palabras elegidas son eje central. Trump y su administración insisten en que el ataque no fue contra un Estado, sino la detención de un acusado. Maduro no es descrito como presidente, es imputado como líder de una red de crimen organizado, acusado por narcoterrorismo, dirigiendo un grupo catalogado como terrorista. En ese marco, el apresado es un imputado por la justicia estadounidense. Ello desplaza el eje del derecho internacional hacia la aplicación de una lógica penal transnacional, utilizada por Trump en otros escenarios.
En términos estrictos, el régimen venezolano no ha caído. Su estructura civil, militar y paraestatal sigue ahí. No se tomó el Palacio de Miraflores ni se proclamó un nuevo gobierno; se quiebra solo el vértice que concentraba la jefatura política, simbólica y criminal del sistema.
Sobre el “día después”, Trump no promete una transición inmediata o traspaso a la oposición; habla de una etapa de administración y control para evitar que figuras corruptas llenen el vacío. Ese mensaje incomodó; para muchos refleja una lección aprendida en América Latina: sacar al tirano no desmonta el aparato que lo sostuvo durante décadas. Aunque Trump no descalifique a María Corina Machado, deja claro que no la ve, al menos por ahora, como figura para articular el proceso. Al afirmar que “no tiene apoyo ni respeto suficiente”, se refiere al momento en que la prioridad no es la competencia política, sino contener el colapso y la violencia.
La señal es confusa para quienes esperaban un respaldo inmediato a la oposición democrática, pero tras una larga tiranía el país necesita una fase de estabilización. El riesgo evidente son los grupos paramilitares, colectivos armados y redes criminales que operan con impunidad. Podrían tomar las calles, disputar territorios o provocar caos para preservar privilegios. La ausencia de resistencia militar durante la operación no implica ausencia de amenazas. Muchos actores viven en una zona gris entre el Estado y el crimen, y su reacción será uno de los principales obstáculos.
Venezuela, más que un país empobrecido, es un país corroído, una sociedad exhausta, con instituciones vaciadas durante décadas. Es importante reconocer el significado histórico del momento. Para millones de venezolanos dentro y fuera del país, la captura de Maduro señala que la dictadura no era un destino eterno. La esperanza del retorno asoma como posibilidad real para muchos que huyeron, aunque no borre la magnitud del daño.
Veintisiete años de tiranía no se reparan con una operación; implica tiempo, seguridad, reconstrucción institucional y una memoria que evite repetir errores. Venezuela ha sido sorprendida, el mundo también. No es el final del conflicto, es el inicio de una etapa compleja donde justicia, política y reconstrucción convivirán en un frágil equilibrio. La democracia hoy está de fiesta, pero mañana tendrá que trabajar para recuperar lo perdido y, sobre todo, no volver a perderlo.







