La Lista Engel: un circo político disfrazado de justicia
Por Lesther Castellanos Rodas
La política exterior de los Demócratas en Estados Unidos ha tenido una habilidad notable para disfrazar sus intereses con la bandera de la lucha por la democracia y los derechos humanos. Y, entre las herramientas más descaradas que han utilizado, se encuentra la famosa Lista Engel. Esta lista, que pretendía ser la gran solución contra la corrupción en América Latina, se transformó rápidamente en un instrumento de presión política, dirigido más a satisfacer una agenda ideológica que a buscar justicia genuina.
Lo digo con conocimiento de causa, ya que estuve en esa lista. ¿Por qué? Porque me dediqué a defender el verdadero Estado Constitucional de Derecho en Guatemala, a enfrentar estructuras corruptas que controlaban la justicia y a denunciar cómo el poder político se aprovechaba de las instituciones para silenciar a quienes denunciaban sus abusos. Así que, claro, los que se sentían cómodos con el poder, me metieron en la Lista Engel como una manera de desprestigiarme y callarme.
No nos engañemos: esta lista no la confeccionó un tribunal imparcial ni un organismo internacional neutral. Fue el resultado de una jugada política entre Todd Robinson, la USAID y un grupo selecto de prófugos guatemaltecos en Estados Unidos. Estos personajes, que han gozado de “asilo” y “becas” mientras disfrutaban del poder, usaron sus influencias para señalar a aquellos que no se alineaban con su agenda, sin importar que muchos de los acusados ni siquiera tuvieran cargos penales en su contra.
Y claro, no podemos olvidarnos de los nombres que impulsaron todo esto, como Elliot Engel y Bob Meléndez. Engel, un Demócrata de pura cepa, terminó retirado de la política, sin pena ni gloria, como un fantasma del pasado que en su momento creyó que podía cambiar el curso de los países latinoamericanos desde su escritorio en Washington. Pero no, Engel ya no tiene el poder de antes, y aunque muchos lo recuerdan por sus “valientes” esfuerzos en imponer la democracia a golpe de lista, la verdad es que no fue más que una figura vacía. Por otro lado, Bob Meléndez, otro demócrata que se hizo el “héroe anticorrupción”, terminó con una condena por corrupción. Pero, claro, en el circo político en el que se mueve, eso pasó como si nada.
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Mientras personajes como Virginia Laparra, exjefa de la FECI, fueron condenados en dos ocasiones por abuso de autoridad y revelación de información confidencial o reservada, algunos pretenden presentar estos procesos como una persecución política. Pero en realidad, Laparra fue parte de un intento por encubrir la impunidad de los mismos actores que manejaban las instituciones como piezas de ajedrez para sus intereses.
Pero lo que es aún más revelador es el caso de Flor Gálvez, exmandataria de la CICIG, que sigue gozando de impunidad a pesar de las graves acusaciones en su contra y de habérsele certificado lo conducente por un órgano jurisdiccional. ¿Qué tipo de lucha contra la corrupción es esta? ¿Una en la que los aliados reciben inmunidad y los que se oponen son señalados sin piedad? Yo fui el que estuve en el camino para evitar que la verdadera impunidad se impusiera en este país, y ese fue mi gran pecado: luchar por un verdadero Estado Constitucional de Derecho.
Hablemos ahora de los 24 “exiliados” que la exfiscal Thelma Aldana mencionó en sus reportes. ¿Dónde están sus nombres completos y los detalles de sus resoluciones de asilo? Hasta ahora, no hemos visto ningún documento oficial que respalde que alguno de ellos haya recibido asilo político. Las peticiones de asilo pueden existir, pero el hecho de que se les conceda, eso es otra historia. Estos supuestos “héroes” de la justicia guatemalteca son los mismos que no han podido demostrar, más allá de los reportes de medios afines, que realmente están exiliados por razones políticas. ¿Por qué nadie ha visto una resolución oficial? Simple: porque, en muchos casos, no son más que fugitivos de la justicia que huyeron a Estados Unidos para evadir las consecuencias de sus actos.
Como todo en la vida, la justicia tarda, pero llega. Y en mi caso, llegó en el día de mi cumpleaños 40, mientras disfrutaba de un paseo por el río Sena en París con mi familia. Ese día, la Lista Engel fue derogada, y con ello, me dieron lo que bien podría considerarse un regalo simbólico. Porque la eliminación de la lista solo demuestra lo que siempre sostuve: era una herramienta de presión política sin base jurídica real. Si en verdad hubiese sido una lucha legítima contra la corrupción, su desaparición no hubiera sido tan fácil ni tan rápida. Pero claro, la Lista Engel fue simplemente una herramienta de conveniencia para ciertos actores políticos y no un instrumento de justicia.
Lo que realmente me preocupa no es que haya estado en la Lista Engel, sino que este tipo de estrategias políticas continúen siendo usadas para manipular la opinión pública y marcar a quienes piensan diferente. La verdadera lucha contra la corrupción y por la democracia no debe basarse en listas arbitrarias ni en la intervención de agendas extranjeras, sino en instituciones independientes, leyes claras y procesos judiciales transparentes.
Es hora de que Guatemala deje de permitir que otros decidan por nosotros. No podemos seguir permitiendo que personajes como Engel, Meléndez y sus aliados sigan usando las herramientas del poder para imponer su agenda. La justicia debe ser autónoma y basada en hechos, no en listas políticas y presiones extranjeras.
Este es el reto: aprender a reconocer cuándo estamos siendo manipulados por agendas extranjeras y, más aún, a defender el derecho de nuestro pueblo a tener una justicia verdaderamente independiente.