Guatemala en sus propias manos: el fin de la dependencia y el despertar del talento local
Por: Lesther Castellanos Rodas
Guatemala esta viviendo una crisis silenciosa que pocos mencionan, pero que tiene un impacto profundo en nuestro futuro. Me refiero al retiro progresivo de los fondos de cooperación internacional (USAID). Muchos de esos fondos llegaron bajo promesas de “fortalecer instituciones”, “luchar contra la corrupción” y “promover derechos humanos”, pero, como siempre, no todo lo que brilla es oro. Lo que nos vendieron como solución terminó siendo un modelo de dependencia que mantenía a flote a profesionales que construyeron sus carreras más sobre afinidades ideológicas y la distribución de fondos, que sobre un verdadero compromiso con el país y su gente.
No quiero que me malinterpreten: No toda cooperación internacional fue negativa. En momentos de desastre, como el terremoto de 1976 o la erupción del Volcán de Fuego en 2018, la cooperación fue crucial. Nos ayudó a salvar vidas, reconstruir y mitigar el impacto de tragedias. Pero, ¿Qué pasa cuando esa cooperación se convierte en parte de una agenda política que no responde a las necesidades reales del país?
Hemos visto cómo la FECI y la CICIG, bajo el pretexto de luchar contra la corrupción, se convirtieron en una especie de “justicia selectiva” que actuó de manera parcializada y, en muchos casos, con intereses políticos ajenos al bienestar de la población. Pero la verdadera pregunta es: ¿Realmente necesitamos esa cooperación para hacer nuestro trabajo en el sector justicia? ¿No tenía ya el Ministerio Público, la Corte Suprema, el Organismo Judicial suficiente presupuesto para mejorar sus sistemas de trabajo, reducir la mora judicial o fortalecer la capacidad investigativa de sus fiscales?
Al final, esos fondos internacionales se usaron en muchos casos para proyectos que no tuvieron un impacto real en la vida de las personas: Computadoras, cursos que parecían más adoctrinamientos, convenios vacíos que solo sirvieron para unas fotos. Jueces y fiscales recibieron “capacitación” sobre cómo interpretar la justicia desde una perspectiva externa, pero ¿Y nuestras necesidades?
Entonces, ¿Realmente era necesario todo ese financiamiento externo para realizar las funciones básicas de un país? Claro, se nos decía que el dinero estaba destinado a mejorar los sistemas judiciales, fortalecer la lucha contra la impunidad y garantizar una justicia imparcial. Pero, ¿No son esas funciones parte del deber de nuestras propias instituciones? ¿Por qué no usaron esos fondos para fortalecer las capacidades de las instituciones guatemaltecas de manera genuina, en lugar de crear dependencia? ¿No podíamos mejorar la infraestructura judicial, los sistemas de datos o la calidad del trabajo con los recursos que ya tenemos?
Si reflexionamos hoy, con el presupuesto actual, ¿Realmente necesitamos más dinero de afuera para solucionar nuestros problemas internos? Hemos creado una cultura donde todo depende de la cooperación internacional. Pero la pregunta es: ¿Es eso sostenible? Cuando esa cooperación se va, nos enfrentamos a la dura realidad de que muchas veces no tuvimos la capacidad interna para hacer lo que debía hacerse, solo porque nunca nos dieron la oportunidad de desarrollarla.
Hoy, los “profesionales de la cooperación” están en una encrucijada. Muchos se dieron cuenta demasiado tarde de que sus carreras dependían de algo que nunca debió haber sido la base de su trabajo: La dependencia de fondos ajenos. La lección que nos queda es clara: Guatemala necesita construir su propio futuro, sin depender de agendas externas. Necesitamos instituciones autosuficientes, un sistema judicial que funcione con base en las necesidades reales del pueblo, no con base en lo que otros quieren que hagamos.
Aquí entra el verdadero talento guatemalteco. Nos han hecho creer que dependemos de los recursos internacionales para que nuestro sistema judicial funcione, o para tener jueces y fiscales capacitados. Pero eso es un mito. Guatemala tiene gente valiosa, con mucho talento. Nuestro país está lleno de jueces, fiscales y políticos de bien que han demostrado que sí se puede hacer justicia con integridad. No todos somos corruptos ni vendidos.
Por supuesto, hubo quienes se prestaron al juego, quienes aceptaron ese dinero con la esperanza de hacer cambios, pero al final solo alimentaron intereses ajenos a los de nuestra gente. Lo que muchos de estos “profesionales” de la cooperación hicieron fue generar dependencia, replicando narrativas que no solo no resolvían nuestros problemas, sino que los empeoraban. En vez de fortalecer nuestras capacidades, nos trajeron soluciones externas que no se alineaban con nuestras verdaderas necesidades.
Hoy, con el retiro de esos fondos internacionales, llegamos a un punto de inflexión. La gran lección es que el dinero no era necesario. Nuestro sistema de justicia, la lucha contra la corrupción, la modernización de nuestras instituciones, todo eso se puede lograr con el presupuesto nacional que ya tenemos. El dinero que tanto se dilapidó en proyectos que solo beneficiaban a unos pocos no es la solución. Lo que necesitamos es un compromiso real con nuestras propias capacidades y la oportunidad de desarrollarlas desde adentro.
¿Por qué seguir confiando en proyectos ajenos, cuando tenemos la capacidad de crear los nuestros? ¿Por qué seguir buscando a alguien que venga a “enseñarnos” lo que ya sabemos hacer? Es momento de valorar lo que somos, de reconocer el talento que tenemos en casa. Guatemala no le debe nada a otros países. Si queremos que nuestro sistema de justicia funcione, lo primero que debemos hacer es respaldar y dar las herramientas necesarias a nuestros jueces y fiscales, sin depender de financiamiento externo. Si queremos instituciones fuertes, lo primero es confiar en su capacidad y, si algo no funciona, corregirlo nosotros mismos, con los recursos que ya tenemos.
Al final del día, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Realmente necesitamos esa cooperación? Si no podemos mejorar nuestro propio sistema con lo que ya tenemos, ¿Realmente estamos en el camino correcto?