El país del cinismo brillante y la esperanza indestructible
Por: Lesther Castellanos Rodas
Ah, los guatemaltecos… qué pueblo más fascinante. Somos el mejor ejemplo de la contradicción hecha cultura, del ingenio convertido en hábito, de la queja como deporte y la esperanza como vicio. Nos quejamos del país, pero si alguien de afuera se atreve a decir algo malo, nos inflamos el pecho y recordamos que aquí se siembra el mejor café, que tenemos ruinas mayas que asombran al mundo, que construimos una ciudad entera sobre barrancos y seguimos de pie.
Somos analistas políticos sin haber leído una sola ley, economistas sin haber llevado contabilidad, y jueces sin haber pisado un tribunal. Todo lo sabemos, todo lo entendemos, todo lo podríamos hacer mejor. Exigimos carreteras de primer mundo, pero no queremos pagar impuestos. Nos ofende la corrupción, pero si tenemos un contacto en el gobierno, “sería tonto no aprovecharlo”. Pedimos justicia, pero si nos llega una multa, lo primero que hacemos es llamar a “un cuate” para que la quite. Y si hay tráfico, la solución es clara: “invadir el carril contrario con la seguridad de quien se cree dueño de la calle”.
Ah, pero que no nos vengan a hablar de responsabilidad. Si el país está mal, la culpa es de los políticos, de los empresarios, de los gringos, del clima, de Mercurio retrógrado en Capricornio… de cualquiera, menos nuestra. Cada cuatro años votamos por el mismo tipo con diferente logo y después nos indignamos: “Nos engañaron otra vez”.
Lo cierto es que somos expertos en sobrevivir. No importa qué tan difícil se ponga la cosa, encontramos la manera de salir adelante. Si el trabajo escasea, nos inventamos uno. Si la crisis aprieta, nos reímos. Si nos cierran una puerta, entramos por la ventana. Y si no hay ventana, nos la inventamos diría Arjona.
Y mientras tanto, en X, somos expertos en hacer ruido. Los netcenters se dan golpes de pecho defendiendo ideales como si fueran la última esperanza de la humanidad, mientras los “trolls” se atacan con un ímpetu digno de un campeonato mundial. En Instagram y TikTok, los influencers guatemaltecos, nos enseñan cómo vivir la vida perfecta, con una selfie, “say cheese, diría Bad Bunny”, tan cuidadosamente planeadas que ni el Gran Jaguar puede competir. Todos, por supuesto, en su búsqueda constante de la validación, con un fondo de #LunaDeMiel y la eterna duda de si hay algo más allá del filtro.
Pero más allá de nuestra capacidad infinita de quejarnos y nuestra maestría en esquivar la culpa, hay algo que nadie nos puede quitar: el orgullo de ser guatemaltecos. Porque aquí no solo hay cosas malas. Aquí hay paisajes que quitan el aliento, lagos que parecen espejos del cielo, montañas que tocan las nubes y un sol que pinta el cielo de colores imposibles. Aquí hay gente que madruga sin quejarse, que trabaja sin descanso, que sueña sin permiso.
Aquí hay abuelas que cocinan como diosas mayas, artesanos que convierten la madera y el barro en arte, músicos que hacen magia con una marimba, campesinos que sacan oro de la tierra con sus manos, jóvenes que no se rinden y niños que todavía juegan en la calle con la ilusión intacta.
Nos gusta decir que Guatemala es el peor país del mundo, hasta que alguien nos pregunta si nos iríamos para siempre. Ahí nos quedamos callados, porque la verdad es que no, porque si alguna vez te vas, te aseguro en un par de meses te arrepientes. Porque, a pesar de todo, aquí tenemos raíces, aquí está nuestra historia, aquí está ese no sé qué que nos hace sentir en casa.
Y al final del día, después de tanta queja, de tanto análisis, de tanta crítica y cinismo, nos sentamos con un buen café, viendo un volcán humeante a lo lejos, escuchando los pájaros despedir el día y pensamos, aunque no lo digamos en voz alta:
“Guatemala es un desastre… pero qué
maravilla de desastre. Y qué privilegio llamarlo hogar.”