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Alfonso Abril

Alfonso Abril

Armando de la Torre (in memoriam)

17 de enero de 2026/en 24/7, Opinión/por Alfonso Abril

El mentor que hizo de la libertad una vocación

Alfonso Abril

Hoy me entero de que Armando de la Torre ha muerto. Y al saberlo, pongo a toda fuerza a Tchaikovsky y pienso no en la muerte, sino en algo paradójico: la permanencia. La permanencia de toda una generación que hoy está bajo tierra: Manuel Ayau, Arne Sapper, Willy Olyslager, Ramiro Alfaro, Roberto Ríos y Roberto Ibarra.

Hay hombres cuya vida se mide por lo que dejan en la conciencia de otros. Armando no fue un mero maestro, sino un inigualable mentor de maestros. Mentor en el sentido homérico de la palabra: no transmitía conocimiento, sino que ordenaba el espíritu. Como aquel Mentor que se postra frente a Telémaco y le exige coraje, preparándolo para el día en que regrese Odiseo.

Armando combatía. Combatía la mediocridad. Combatía la masa. Combatía las intenciones dóciles que adormecen el juicio. Armando entendía —y lo decía sin ambigüedades— que Occidente se sostiene sobre una tensión irreductible: se escoge la libertad o se escoge la igualdad; no se pueden ambas. Las diferencias que produce la libertad son legítimas cuando nacen del mérito, del esfuerzo, del carácter. Hay una ética del lucro. Cada intento de igualar en nombre de una compasión forzada termina destruyendo la libertad. Y cuando se destruye la libertad, inevitablemente se destruye la dignidad. Sin dignidad, el hombre se reduce a mera bestia.

Crítico implacable del marxismo, no desde la doctrina, sino desde la razón moral. Sabía que las ideas no son inocentes, que las ideologías dejan cadáveres y que ningún intelectual tiene derecho a ignorar ese saldo. Su combate no fue superficial, sino persistente; fundado en la premisa religiosa que condena la envidia, aquella que derramó la sangre de Abel. Y cuando Caín respondió a Dios: “¿Acaso soy yo responsable de mi hermano?”, Armando habría dicho ineludiblemente que es un imperativo moral.

Armando no fue un mero activista. Fue, ante todo, un educador. Creía que los jóvenes estaban llamados a algo más alto que la comodidad moral de repetir consignas. Vox enim ad libertatem vocatis estis: estáis llamados a la libertad. No era una frase decorativa, sino una exigencia profundamente absoluta.

Armando fue accesible. Siempre que lo busqué, lo encontré. Mentor, sí; pero también amigo. Buen amigo. Durante más de veinte años, Martita, Virginia e Ignacio me abrieron las puertas de su casa, en una amistad noble y silenciosa, de esas que no necesitan demostraciones constantes. Como escribió Platón, los buenos hombres acuden sin invitación al banquete de otros buenos hombres. Yo tuve el privilegio de ser bienvenido en los banquetes armandianos.

Desde hace un tiempo su voz ya no se escucha en las aulas. Pero eso no significa que haya callado. Permanece. Permanece en quienes aprendimos a desconfiar de la mediocridad y a defender la casa de la libertad, incluso desde la trinchera del destierro.

Cursé mi maestría en Ciencias Sociales, gracias a Armando. Me involucré en ProReforma por Muso y por Armando. Participé en la Liga ProPatria por Armando. Escribí la propuesta para reformar el IGSS por Armando.

Recuerdo —con inmenso cariño— aquellos momentos en los que tuve el privilegio de estar sentado a la misma mesa con Manuel Ayau, José Luis González, Male Castillo de Cabarrús, Luis Enrique Pérez y José Carlos Pomes. Cada uno honorable; pero la suma de las partes hacía al conjunto aún más valioso. Y, por supuesto, sin olvidar a la valiente Karen Ness, a Chris Dent, a Guillermo Méndez y a Roberto Blum.

Profesor: ahora es tu turno de descansar en tu linaje, en tu honra, en tu memoria bien ganada. Si algo nos enseñaste es que un hombre es más que otro cuando hace más que otro. Y tú hiciste mucho.

Como dijo Heidegger en su célebre entrevista con Der Spiegel en 1966, “solo un dios puede salvarnos”. Descansa en paz entre los misterios divinos, aquellos con los que tantas veces rozaste.

Gracias, Armando.

Gracias, Mentor.

Etiquetas: Armando de la Torre, libertad
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