El duende y la suerte robada
Existen personajes que se aferran a este mundo, condenados a vivir entre los vivos en un lamento eterno. Pero este relato no habla de un ser que roba el alma de los incautos o de espíritus atormentados. Se trata de una criatura pequeña, de la estatura de un niño de seis años. Su piel es verde, con orejas puntiagudas; casi siempre lleva un pantalón amarillo y una camisa floja de color rojo. Es travieso y curioso, no distingue entre lo bueno y lo malo: solo entiende de diversión y codicia. Lo llaman simplemente el duende.
Silvio Saravia
A veces estos seres sienten fascinación por los humanos, por ello se transforman, se disfrazan. Sin embargo, cada vez que intentan tomar una forma humana, terminan pareciéndose a los de edad más avanzada.
Los duendes salen de su mundo creando portales desde su hogar al nuestro, atraídos por la manera en que los hombres viven: unos trabajando sin descanso, otros esperando que la suerte los favorezca.
Pronto descubren algo curioso, los que no buscan la suerte en cada rincón parecen irles mejor que a los que se sientan a esperar que algo bueno les ocurra. Entonces, se podría decir que unos forjan su suerte y otros la buscan. Los que la forjan no quieren perderla y los que la buscan la lloran sin conocerla.
Es ahí donde los duendes entran en acción. Deciden quitarle la suerte a los que la forjan para dársela a quienes la buscan. Alegan que lo hacen de buena fe, como un pequeño empujón para los perezosos, pero en realidad lo hacen para reírse de la desgracia ajena.
Los duendes roban la suerte manteniendo la mirada en las personas que están ocupadas. Si las ven descansando o simplemente sentadas en algún lugar, desde lejos los duendes se quedarán mirándolas por un momento.
Luego de robarse la suerte, en la noche la escupirán en una moneda de cinco centavos. Guardan la suerte robada en las fichas de cinco centavos porque se les hace más fácil acumularlas en sus pequeños cofres. Y además son más ligeras, no se les hace pesado cargarlas. Luego de esto cambian de forma y regresan a su mundo para dormir, y luego vuelven en la mañana.
Se les ve en las calles cercanas a la iglesia, vestidos con harapos, diminutos y traviesos, hacen falta ojos muy atentos para notarlos, pues suelen pasar completamente inadvertidos.

Esta es la historia de aquel que buscaba la suerte y encontró a un duende.
Gabriel tenía muchas cualidades: era músico y estudiante destacado, siempre en el cuadro de honor en toda su época de estudios. Pero cuando de trabajo se trataba, él no movía ni un dedo. Decía que algún día se ganaría la lotería.
Con el dinero que sus amigos le prestaban, compraba cachitos de lotería. Un día, cuando le pidió dinero a uno de sus amigos, este no le quiso prestar, pues llevaba ya mucho tiempo sin trabajar.
Entonces Gabriel, por fin, decidió buscar trabajo. Pero no por mucho tiempo tuvo esa voluntad: llegada la tarde del primer día, se dejó caer en las gradas de la catedral. Se lamentaba, y en sus ojos se notaba su decepción; pero más que por no encontrar trabajo era porque no podía comprar su cachito de lotería.
A la par de donde él se había tirado, estaban los vendedores ambulantes que vendían rosarios y velas. Pero entre los vendedores había alguien que no vendía nada.
Era una señora con un pañuelo en la cabeza y un vestido antiguo de color gris polvoriento. Parecía una señora normal, pero al verla de cerca se notaba que sus ojos estaban unidos, su rostro estaba estirado y sus arrugas parecían dibujadas con lápiz o tinta. Su boca era grande, le llegaba de oreja a oreja, y parecía reírse sin mover los labios; el sonido era como dos piezas de metal chocando.
Los comerciantes parecían ignorar su presencia o simplemente no les importaba que estuviera junto a ellos. Gabriel, en cambio, observó con asombro que de la cabeza de algunas personas salían hilos dorados, casi transparentes, que iban a dar a la boca de la extraña mujer.
Gabriel se quedó asombrado de lo que logró ver, y cuando el último transeúnte se marchó, la señora comenzó dar pequeños saltos tan discretos que parecía que caminaba. Intrigado, Gabriel la siguió.
Ella mantenía siempre una cuadra de ventaja, y aunque él corría para alcanzarla, la distancia nunca se acortaba; al contrario, cada vez que estaba cerca, la señora volvía a alejarse. De repente las cuadras se hacían más largas, y a Gabriel le costaba cada vez más caminar, pues se sentía agotado de no avanzar con velocidad.
Cuando ya llevaba un buen rato corriendo detrás de la señora, notó que las calles ahora eran diferentes: las casas tenían techos de tejas rojas y casi todas tenían puertas de madera con acabados detallados, y balcones en las ventanas. Parecía otra época. Quería regresar, pero cuando volteó la mirada, solo miraba más construcciones antiguas.
Continuó siguiendo a la mujer, y la noche cayó sobre calles desiertas. Entonces vio, en la esquina, a un hombre vestido de negro. Se acercó y preguntó:
—¿Dónde estoy? ¿Por qué estas casas son tan diferentes?
El hombre lo miró, pero sus ojos parecían los de un gato. El hombre lo miró fijamente con una expresión seria, para luego alejarse en cuatro patas, y de un salto trepó al tejado, para luego desaparecer. Gabriel sentía una especie de asombro mezclado con terror por aquel acto anormal del sujeto.
Ahora caminaba más lento, para poner más atención. Al otro lado de la cuadra logró ver un perro callejero que, mientras caminaba se irguió sobre dos patas. Cuando volteó hacia él, Gabriel quedó paralizado. El animal ladró y golpeó la puerta de una casa. De ella salió un pastor alemán con traje negro.
Mientras más los miraba, más humanos parecían: pies de hombre, hocicos semejantes a bocas humanas. El pastor alemán le clavó una mirada intimidante, como si fuera a hacerle daño y luego invitó al perro callejero a entrar.
Gabriel se sentía amenazado, pero le ganaba la curiosidad, quería saber lo que ocurría dentro de la casa. Así que, lo más discreto que pudo, se acercó a la ventana. Dentro había una mesa redonda con mantel blanco con un bordado de flores. Había una mesita pequeña pegada a la pared que tenía un teléfono antiguo. Y un corredor que daba hacia adentro de la casa.
El suelo tenía baldosas con diseño de ruiseñores. Gabriel estaba observando cada detalle de la casa cuando el pastor alemán y el perro callejero salieron del pasillo. Ahora el perro callejero vestía un pantalón formal y una camiseta.
—¡Un hombre, un hombre, se ha colado a nuestro mundo! —decía el perro callejero con insistencia.
—Calmado, Canelo, calmado, no es la primera vez que un hombre entra a esta tierra —dijo el pastor alemán sacando una navaja del bolsillo de su pantalón.
—No matar, no. Matar no. Ese hombre puede estar borracho, mañana no se va a saber ni cómo se llama —dijo el perro callejero.
—Si tú no quieres matarlo, no te interpongas en mi camino, solo vete y punto. Además, sabes que solo les cortamos la lengua —dijo el pastor alemán, mientras pasaba su mano por el cuchillo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Es verdad, es verdad, me alegro de no hacerle daño al humano —dijo el perro callejero.
—Un gusto que me hayas avisado —dijo el pastor alemán, dándole palmaditas en el hombro.
Cuando el perro callejero se dirigía a la puerta, Gabriel logró reaccionar y salir corriendo.
—Oye, creo que el hombre se cruzó de lado —dijo el perro callejero.
—No te preocupes, si lo alcanzamos no podrá hablar nada. Tú síguelo, yo llamaré a los demás —ordenó el pastor alemán.
—Sí, señor —dijo el perro callejero.
El pastor alemán intentó usar el teléfono, pero recordó que no tenía cable. Entonces soltó un fuerte ladrido que resonó por todo el lugar. Desde los techos cayeron hombres que corrían a cuatro patas, y más perros callejeros en dos patas, vestidos de traje y armados con navajas.

A lo lejos, Gabriel aún distinguía la silueta de la mujer. Corrió lo más rápido que pudo y cerró los ojos, para no ver más aquel mundo extraño. Todo se calmó, no se escuchaban los ladridos ni los pasos de los animales. Caminó durante un tiempo con los ojos cerrados, hasta que escuchó la voz grave:
—¿Qué te pasa, muchacho? ¿Por qué caminas con los ojos cerrados? No hay nada que temer.
Cuando Gabriel abrió los ojos se dio cuenta de que era la señora. estaba frente a él, rodeado por perros y hombres con ojos de gato. Fue derribado y sujetado de brazos y piernas. Entonces, la mujer se desgarró la cabeza con la mano: la piel se abrió como tela. Todo su cuerpo se rasgó hasta revelar su verdadera forma: un duende, vestido con un traje rojo y amarillo de una sola pieza.

—Bueno, traigan la navaja —ordenó con voz chillona.
—¡Alto! No entiendo nada. Solo explíquenme qué sucede —suplicó Gabriel.
El pastor alemán se preparaba para cortarle la lengua, pero el duende lo detuvo:
—¡Alto! Tiene razón, ¿dónde quedaron los modales? ¿Qué quiere saber el visitante? —dijo el duende.
—¿Qué eres? —preguntó Gabriel.
—Soy un duende. Si ibas a preguntar tonterías, mejor yo hablaría con el perro tonto de Canelo.
—¡Ja, ja, ja! ¿Espera, qué dijo? ¿Que yo soy…? ¿Qué cosa? —dijo el perro callejero.
—¿Por qué existe este lugar? —dijo Gabriel, aún con el corazón latiéndole a mil por hora.
—Bueno, eso es gracias a mí – respondió el duende-. Verás, yo caminaba como de costumbre, tirando monedas de cinco centavos por la calle, cuando me topé con un perro callejero. Me dio tristeza verlo en la calle. Así que le creé un mundo para él solo, y así empecé a crear: solo con pensar cómo quería que fuera el mundo, se creaba. Y pronto, lo que era una casa con un perro que habla se convirtió en una ciudad de animales callejeros que ahora tienen un hogar —dijo el duende.
¿Y los gatos con aspecto humano? —preguntó Gabriel.

—No sé, pregúntales. Supongo que, para molestar a los perros, recordándoles a sus antiguos dueños. ¿Es así? —El hombre-gato solo se encogió de hombros.
—¿Qué les quitas a las personas? —continuó Gabriel. —Su suerte. Me la trago y se la paso a las monedas. Es para que los desdichados prueben un poco de suerte y vivan con todo lo que necesiten. Además, me da gracia ver cómo la gente refunfuña porque le va mal por haber perdido la suerte. Una vez vi cómo un perro orinaba a un señor en la pierna.
—Fui yo —dijo Canelo—. Lo confundí con un árbol.
—¿De qué sirve pensar y hablar si seguimos actuando como bestias? —refunfuñó el pastor alemán.
—Yo era feliz siendo perro, pero ahora tengo casa. No me quejo —respondió Canelo.
—En fin, córtenle la lengua —ordenó el duende.
—Espera, tengo un trato- dijo Gabriel, que recordó algo que había escuchado sobre aquellas criaturas traviesas.
—Si los perros, y solo los perros, no responden este acertijo, me dejarán libre y además me entregarán una moneda de cinco centavos con el valor de la suerte de cien—.
Al duende le gustaban los retos, así que aceptó con la cabeza.
—Es un recipiente, es tan grande que se puede ir abajo y arriba de él. Pero no se puede caminar cuando en él estás —dijo Gabriel.
Los perros se quedaron callados y tiraron todas sus navajas. El duende le entregó la moneda y le dijo:
El duende, divertido, le entregó una moneda.
—La respuesta es el mar, ¿verdad?
—¿Quién sabe? Quizás nunca lo sepamos —respondió Gabriel.
—Sí, es el mar. Mi dueño, antes de abandonarme, me llevó allí —murmuró Canelo.
—¿Por qué no lo dijiste, Canelo? —reprochó el pastor alemán.
—No quería equivocarme —respondió el perro, cabizbajo.
Los demás le mostraron los dientes.
—¡Ya rugiste, Canelo! —exclamó el pastor alemán.
—¡Otra vez no! —gritó Canelo, antes de que todos se le abalanzaran.
Luego el duende lo llevó a la salida, y Gabriel, aprovechándose de su suerte, fue a comprar un número de lotería, y con el dinero vivió bien por el resto de sus días.