La bravura hispánica y las ideas de la libertad: Intuiciones tras mi primera Mont Pelerin
Por Franco L. Farías, Director del Movimiento Libertario de Guatemala, coordinador de proyectos en el CEES, y Coordinador senior de Students For Liberty.
Escribo esto en México.
Escribo, también, con un nuevo sentido de responsabilidad que adquirí con nuestras ideas.
He tenido el verdadero privilegio de asistir a una Mont Pelerín Society por vez primera. Fundada por F.A. Hayek en 1947, MPS fue una respuesta al mundo de postguerra del siglo XX, en la que han participado verdaderos paladines de la libertad, tales como Manuel Ayau y Ludwig Von Mises. Caracterizado por su ideario liberal clásico, es decir, -en el mejor de los casos- ver al estado como un mal, si, pero un mal necesario para preservar la paz en la sociedad; MPS se encamina ya a sus ochenta años de funcionamiento.
Cuando uno va a estos eventos, reconoce su naturaleza y no aspira a transformarla, en otras palabras, no le pide peras al olmo. No espera llegar a la meca del anarcocapitalismo, principalmente, porque nunca ha sido el caso de Mont Pelerín Society, y no se ve que lo sea en el futuro próximo. Igualmente, no puedo dejar de recordar aquella anécdota donde Mises se habría encontrado discutiendo acaloradamente con eminencias del liberalismo, y, en el punto más álgido del debate, Mises habría llamado a todos los involucrados “una bola de socialistas” y se habría retirado de la sala.
Creo que hay licencias que solo Mises, el maestro, puede darse y pasar a la historia como anécdotas; más que como faltas de respeto. Sin embargo, no puedo dejar de ver ciertos paralelismos entre la época de Mises y la nuestra. Si Mont Pelerín Society está infectada, hoy, por un virus, ese virus es el de la llamada democracia liberal.
Esto no parece ser una constante en la historia de Mont Pelerín Society, Alberto Benegas Lynch padre, (aparentemente) miembro de MPS, y a quien nadie puede tachar de libertario, escribió en 1959 que:
“El problema de la base legítima del poder político, ha sido resuelto de diferente manera según la época y el lugar de que se trata. (…) Hoy, en la mayoría de los países civilizados del mundo occidental, el principio de la legitimidad del poder queda satisfecho unánimemente mediante la práctica de la democracia representativa y el funcionamiento de su mecanismo básico, consistente en el sufragio libre y secreto. El gobierno de las sociedades lo ejercen así los representantes del pueblo. Las mayorías tienen el derecho a gobernar. Pero una cosa es la fuente del poder político y otra muy distinta la amplitud de poderes del gobierno. La limitación de estos últimos, da la medida de las libertades de los gobernados. Ahora bien, por encima del problema de quién debe legítimamente ejercer el gobierno, para cuya solución optamos por la fórmula democrática, existe el problema de limitarse eficazmente la acción del Estado, de tal manera que las libertades individuales no sufran menoscabo. Y nos preocupa principalmente este problema porque no ha tenido, a nuestro juicio, solución adecuada. La libertad está hoy en crisis en el mundo entero precisamente porque, en todas partes, en mayor o menor medida, los gobiernos han venido excediendo los límites dentro de los cuales deben contener su acción para que las libertades individuales resulten debidamente salvaguardadas.”
(Benegas Lynch, A (1959) Democracia y Libertad CEES. (p, 1-2))
La democracia era una suerte de juguete novedoso con el que mucha gente de la época parecía interesada; pero nada tenía que ver con el liberalismo entendido como una serie de instituciones que forman un sistema social de gobierno limitado. Se miraba a la democracia con cierta simpatía por ser, ciertamente, diferente del orden político que primaba antaño, pero no era la pieza definitiva del rompecabezas que uniría la sociedad y la libertad para siempre.
Incluso Bruno Leoni, quien fue presidente de Mont Pelerín, señalaba que:
“resulta obvio que la representación, como la legislación, es algo enteramente extraño a los procedimientos adoptados por el progreso científico y tecnológico. La mera idea de que un científico o un técnico hubieran de ser «representados» por otras personas en sus tareas de investigación científica o técnica aparece tan ridícula como la de que la investigación científica se encomendase no a individuos particulares que actúan como tales, incluso cuando colaboran en un equipo, sino a cualquier clase de comité legislativo habilitado para tomar decisiones por voto mayoritario. Sin embargo, esta manera de adoptar decisiones, que sería rechazada en el terreno científico y tecnológico, se adopta más y más en todo lo que concierne a la ley. La situación resultante en la sociedad contemporánea es una especie de esquizofrenia que, lejos de ser denunciada, apenas si se ha empezado a notar.”
(Leoni, B. (2011) La libertad y la ley Unión Editorial (p. 24-25))
Digo con esto, que el liberalismo clásico no tiene una relación necesaria con la democracia. He entregado dos perspectivas, a lo menos, reticentes de la misma, y podría entregar docenas más, pero me parece que el punto ya está hecho.
No hay justificación, entonces, para la asociación insoluble que hoy se tiene de democracia y liberalismo. Asociación que parecía algo incuestionable por la gran mayoría de asistentes, así como de ponentes de Mont Pelerín, pero que, como hemos visto, no ha sido así siempre.
Digo la gran mayoría, y no todos, porque creo haber advertido un fenómeno cuanto menos curioso. Pareciera hoy que la libertad se defiende con mayor vehemencia en los países hispanoparlantes que en ninguna otra parte del mundo.
Esto, como dije, no pasa de una intuición, y solo tiene como base mi experiencia puntual, enriquecida por vivencias similares de colegas que participaron del evento y decidieron compartirlas conmigo. Pero, para mí, es un sentimiento verdadero.
Hay ideas que se han desarrollado en un lugar; luego, se han expandido y preservado en otros. Por ejemplo, las ideas aristotélicas, se desarrollaron en Grecia, luego fueron atesoradas por el mundo musulmán, con Al-Farabi y Averroes, y posteriormente, reencontradas por Alberto Magno y Tomás de Aquino.
Con las ideas de la libertad, parece ocurrir algo similar: Pasan, en el siglo XX, de Viena a Nueva York; y pareciera que hoy pasan de Estados Unidos a los países de habla hispana.
Obviamente, la globalización ha causado una expansión significativa de estas ideas. Pero parece que en donde se habla español, estas ideas han sabido preservarse y mantenerse en un estado, si se quiere, más puro. Prueba de ello, fue ver, a lo menos, desde mi punto de vista, como los asistentes hispanoparlantes fueron, con contadas excepciones, los que más dubitativos se mostraban ante la narrativa de la llamada democracia liberal como el único sistema de organización social compatible con la libertad.
Tan así, que mientras en otros paneles se hablaba sobre la importancia de “fortalecer” la democracia, el Doctor Carlos Sabino presentaba su más reciente libro, Basta de democracia; presentación que tuvo, exclusivamente, público hispano, por lo que se dictó en español.
Destacan también, la ponencia del Doctor Daniel R. Carreiro sobre indigenismo, su evolución y relación actual con el intervencionismo -la cual también se dictó en español debido a la ausencia de angloparlantes-, y el panel donde participó Daniel Lacalle, quien defendió con hidalguía las premisas monetarias y financieras del mundo libre.
Estas anécdotas, así como todas las veces que mis compañeros y yo fuimos llamados radicales (sin saber que con ello nos decían congruentes) me hacen ver cómo las ideas de la libertad descansan hoy, con más cuidado, en Hispanoamérica, que, por ejemplo, en los Estados Unidos.
Y esto, que sin duda es motivo de orgullo para todo aquel que contribuya marginalmente a la creación de esta imagen, es también, una tremenda responsabilidad. Pues, en el futuro, de nosotros dependerá que nuestras ideas sigan existiendo y significando lo que hoy significan en el mundo.
Espero que no seamos el ultimo bastión de la libertad en el mundo, pero de serlo, es nuestro deber protegerla, entenderla y expandirla cuanto haga falta.