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El peso de un alma

9 de enero de 2026/en 24/7, Relatos/por redaccion247prensadigital@gmail.com

Silvio Saravia

En Rabinal se mantienen vivas las tradiciones, y cómo no hablar de las muy alegres fiestas de Rabinal, celebradas con instrumentos autóctonos y danzas de ejecución magistral. Entre ellas destaca el Rabinal Achí, una de las obras dramáticas más antiguas de Mesoamérica, transmitida de generación en generación.

Rabinal Achí, conocido como el Varón de Rabinal, representa al guerrero y defensor de este pueblo en tiempos anteriores a la conquista española.

La leyenda cuenta que Quiché Achí, en uno de sus viajes de guerra, ingresó en tierras de Rabinal, donde se encontró con Rabinal Achí. Este último buscó resolver el conflicto mediante la palabra y el respeto a las normas sagradas, intentando evitar la ruptura entre los pueblos. Sin embargo, Quiché Achí desobedeció los acuerdos, cometió abusos en la aldea y rompió el orden establecido. Esta historia nos habla del honor de Rabinal Achí y del valor de la palabra empeñada frente a la violencia.

Finalmente, Quiché Achí fue capturado y condenado. Esto se ve representado en aquella danza tradicional. La historia cuenta que se le permitió despedirse de su gente. También se le concedió despedirse de las montañas y los valles, así como bailar con las mujeres del pueblo, antes de ser ejecutado conforme al rito.

El guerrero murió devorado por jaguares y así se convirtió en un símbolo del cumplimiento de la palabra y del destino guerrero, sirviendo como enseñanza para quienes recuerdan que incluso la muerte forma parte del orden que rige a los hombres.

Más allá de las tradiciones que se mantienen vivas, hay sucesos inexplicables que ocurren en todo el mundo. No siempre todo puede explicarse con lógica; a veces lo más razonable es atribuir poderes mágicos a una fuerza natural, llámese dios o mito.

Este relato comienza cuando la gente empieza a olvidar y a descuidar las tradiciones orales que los mayores se han preocupado por preservar. Nace de la duda, de lo cotidiano a lo extraordinario, de lo simple a lo complejo.

En Rabinal, muy a menudo, pasan por sus calles bandas fúnebres acompañando a la familia, amigos y vecinos que despiden a un difunto, pues la tragedia es más común de lo que solemos pensar. Es difícil explicarlo, pero quiero que se entienda que esto es tan solo un relato; no pretende retratar ni definir la cultura de Rabinal, sino narrar un suceso que bien pudo haber sido contado en voz baja.

Todo el pueblo guardaba un profundo respeto hacia el muerto en aquella caravana cuando apareció una figura tan misteriosa como inquietante.

Era especialmente peculiar, pues parecía un guerrero maya: llevaba un bastón en la mano izquierda, tomado al revés, con la mano torcida; tenía un tocado de plumas coloridas, pero esa imagen casi festiva se borraba al ver su máscara de jaguar, que intimidaba a cualquiera.

Otra de las cosas más extrañas era que, en vez de piernas humanas, tenía patas de jaguar.
Solo observaba desde lejos aquella procesión fúnebre, hasta que un insensato gritó:

—¡Vos, mula, quítate el disfraz y empezá a seguir la procesión fúnebre!

La figura misteriosa comenzó a tornarse furiosa, y mientras se acercaba con pasos lentos pero profundos, la gente comprendió que no era una persona, sino un espíritu: un guerrero que había tenido una muerte violenta.

Cada vez que daba un paso, alguien salía corriendo. Se detuvo cuando llegó al lado del ataúd. Para entonces, ya no quedaba nadie en la procesión, ni siquiera los valientes músicos le aguantaron casaca al espíritu del guerrero violento. Nadie permanecía junto al ataúd. Solo un anciano observaba desde lejos aquel funesto espíritu.

El guerrero lanzó una mirada que indicaba sed de sangre. Pero el anciano, que había presenciado masacres más violentas que un espíritu enfurecido, lo saludó con respeto, tratando de encontrar el poco honor que aún guardaba en su alma.

El espíritu se impresionó por aquel gesto, pues nunca había conocido a alguien capaz de enfrentarlo. Solo la mirada del anciano logró ahuyentar a aquel espíritu atormentado, que dio media vuelta y dejó el ataúd en el suelo para que la tradición pudiera continuar.

Esa misma noche, todos se reunieron en el comedor a discutir el extraño suceso. Los más avivados intentaron vender crucifijos para sacar algo de dinero; los más religiosos rezaron al santo de la región, San Pablo; los más asustados buscaron refugio en la bebida. Pero quienes más miedo tenían fueron aquellos que no adormecieron sus mentes: pasaron la noche en una acalorada discusión que se parecía a algo como esto:

—¿Quién habrá sido el “mula” que interrumpió nuestro acto? —dijo la única mujer que tocaba en la banda.
—Bueno, vos, ¿desde cuándo es solo tuya esa onda? Eso es de todos —dijo el más gordo.
—Bueno, mucha, déjense de huecadas y discutamos lo importante —dijo el segundo más gordo.

Y así continuaron insultándose, hasta que los llantos de los más jóvenes interrumpieron la discusión, cruzando el pueblo como un lamento:

—¿Acaso buscás paz en nuestras tierras, oh poderoso Rabinal Achí? Buscamos consuelo en tu hombro. Guárdanos de tu furia y déjanos continuar nuestras siembras. Si no eres tú quien nos guarda, entonces guárdanos de tus guerreros llenos de furia.

A lo que todos los de la caravana respondieron:

—¡Salve el santo Rabinal Achí!

Todos en el comedor estallaron en carcajadas al escuchar que alguien consideraba santo a Rabinal Achí. Algunos por la forma en que lo describían, otros porque simplemente no lo consideraban santo. La cuestión fue que el único que tomó cartas en el asunto fue el anciano.

Salió del comedor, más enojado que el mismo diablo, y dijo con voz fuerte, sin llegar al grito:

—¿Quién ensucia el nombre de Rabinal Achí con rituales de brujería barata? Aquí el respeto, tanto a nuestros héroes de Rabinal como a la religión cristiana, debe prevalecer. ¡Nadie ha de faltarle el respeto ni burlarse de Rabinal ni de la fe cristiana!

El silencio se apoderó del lugar. La mitad de los jóvenes comprendió el mensaje, la otra mitad se burló en silencio. Pero nadie desobedeció al anciano.

Por órdenes suyas, los que discutían tomaron una sola cerveza y regresaron a sus hogares. Así pasaron los días, y no se volvió a saber de aquella criatura nocturna.

Tres días después apareció un gato muerto en las afueras del pueblo. No tenía heridas ni rastros de mordidas o arañazos; simplemente estaba rígido como una roca. Al enterarse, los niños lo llevaron al comedor, donde nuevamente surgió la discusión:

—¡Esa onda es un vampiro, no sean mulas! —dijo otra vez la única mujer del grupo.
—¿Vos en serio creés eso? —dijo el de ojos adormecidos.
—Tan claro como que sos mula —respondió ella.
—Vos cálmate o te beso —dijo él, más relajado.
—Pff, se nota que no tuviste papá —dijo ella, mirándolo de arriba abajo.
—Eso es el chupacabras, yo lo leí en un medio digital —dijo un niño.
—Vos te la pasás leyendo veinticuatro horas al día, ¿va? —dijo el segundo más gordo.
—¡Mucha, tal vez tenga razón! —pensó en voz alta la mujer.

Todos voltearon a verla.

—¿Qué ocurre ahora? —dijeron en coro.
—¿Y si en otra vida todos fuimos el chupacabras? Piénsenlo: también pudimos ser Carlo Acutis y Rabinal Achí… —dijo la mujer.

Mientras más la escuchaban, más se embrutecían, hasta que el sabio del lugar intervino:

—¿Entonces también fuiste la Santa Virgen María y Jesucristo al mismo tiempo? —preguntó el anciano.
—Pe, pe, pero… —tartamudeó la mujer.
—No hay peros en la religión cristiana; solo hay una verdad absoluta: Dios es Dios —dijo mientras se acercaba a la mesa. Sus pasos eran los de un anciano, pero tenía el porte de un guerrero.
—Qué desgracia —murmuró.

—¿Qué ocurre? —preguntó exaltado el primero más gordo, al que no apodaban “el gordo”.
—Ocurre que están faltos de razón. Ese gato se cayó del techo —dijo con una expresión de decepción que apenas podía ocultar la risa.
—¿Y qué nos recomienda? —preguntó la mujer.
—Les recomiendo cantar, y cuando terminen de cantar, sigan cantando y toquen guitarra, porque el español sí sabe reír —dijo a modo de burla el anciano de mal temperamento.

Al final no se resolvió nada, y la respuesta del pueblo ante aquella extraña aparición demoníaca fue refugiarse en la tradición: rezar un rosario antes de salir de casa para protegerse de la figura atormentada. Niegan seguir viéndola, más por superstición y miedo a la burla que por otra cosa.

Este espíritu fue un guerrero maya asesinado por los conquistadores españoles a causa de acusaciones falsas. Murió defendiendo su verdad, que fue ignorada al ser tachado de salvaje.

El guerrero no pudo perdonar a sus verdugos, murió lleno de furia, y su alma quedó atrapada en una tortura perpetua. Por eso la religión cristiana recomienda perdonar a los enemigos para descansar en paz y no convertirse en almas en pena.

Este es el fin de este relato.

Etiquetas: Rabinal, relato
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