El día en que el derecho llegó tarde (otra vez)
Por Lesther Castellanos Rodas
Durante años nos vendieron el cuento de que el derecho internacional era un muro firme, una especie de arca moral cuidada por burócratas bien pagados que, desde oficinas con aire acondicionado, decidirían cuándo un dictador merecía ser detenido y cuándo merecía ser defendido. En Venezuela, seamos claros, ese muro nunca existió. Lo que hubo fue un régimen bien enraizado, blindado no por la ley sino por la ideología del socialismo del siglo XXI, y protegido con una devoción casi religiosa por el sistema internacional encabezado por la ONU, la OEA y toda su comparsa de satélites bien remunerados.
No importó que Nicolás Maduro hiciera pedazos la institucionalidad, persiguiera opositores, empujara a millones al exilio y convirtiera al Estado en una maquinaria criminal. Eso, para muchos, era lo de menos. Lo importante era mantener vivo el símbolo. El hombre podía ser indefendible, pero la causa no. Y cuando el derecho estorba a la causa, aquí y en cualquier parte del mundo, el derecho se acomoda, se relativiza o se guarda en un cajón.
Por eso hoy algunos fingen sorpresa. Se rasgan las vestiduras hablando de soberanía, legalidad y principios, como si esto hubiera salido de la nada. Digámoslo como hablamos en Guatemala: no debimos llegar hasta aquí. No debimos romper la soberanía. Esa no era la solución correcta ni la deseable. El trabajo de los organismos internacionales era señalar, presionar, aislar, poner condiciones y buscar salidas reales, jurídicas y políticas. Para eso existen. El problema es que no hicieron la tarea. Y cuando el que tiene que actuar se hace el loco, alguien más termina metiendo mano.
La verdad, aunque duela, es más sencilla: esto pasó así porque ya no había otra salida. No había extradición posible, no había cooperación judicial de buena fe, no había transición negociada y tampoco había un sistema internacional dispuesto a pagar el costo político de hacer lo correcto. Lo que sí había era silencio, informes que no llevan a nada, misiones exploratorias, observatorios electorales, comunicados llenos de preocupación y una paciencia infinita para aguantar lo inaguantable.
Y no tendríamos que estar hoy llorando por la soberanía ni rasgándonos las vestiduras si la comunidad internacional no hubiera pasado años manoseando ese concepto según le convenía. La soberanía era intocable cuando servía para proteger al régimen y milagrosamente flexible cuando se trataba de exigirle cuentas. Triste, sí. Inesperado, no. Por esa doble moral fue que se llegó a este punto.
Aquí conviene recordar algo que en las facultades de derecho cuesta aceptar, pero la historia lo grita: el poder precede al derecho. Siempre ha sido así. El derecho no crea el poder; el poder crea el derecho que después lo maquilla y lo legitima. Cuando el sistema normativo se vuelve puro adorno, el poder aparece sin pedir permiso. Y eso fue exactamente lo que vimos. No porque sea bonito ni correcto, sino porque el vacío no se queda vacío.
Si la ONU, la OEA y todo el entramado multilateral hubieran funcionado como dicen funcionar, esto no habría pasado. Si hubieran actuado cuando tocaba, si no hubieran protegido a un régimen por afinidad ideológica, si hubieran entendido que la soberanía no es una licencia para delinquir, el desenlace habría sido otro. La responsabilidad no es solo de quien ejecutó la acción, ya que hicieron lo que ningún otro podía o quería hacer; sino de quienes hicieron imposible cualquier alternativa decente.
La historia ya nos enseñó este libreto. Primero fue el apaciguamiento, luego el silencio cómodo y después el “ya no hay nada que hacer”. Así se toleraron regímenes criminales en Europa hasta que el costo fue inmanejable. El mismo mundo que miró para otro lado frente al nazismo fue el que, décadas después, vio caer el Muro de Berlín sin permiso, sin resoluciones previas y sin comisiones de expertos. Primero se normaliza el abuso; después el muro cae solo, y entonces aparecen los libros y el derecho explicando por qué era inevitable. La historia nunca pide permiso, menos visa.
Y todavía existen algunos que preguntan, con un cinismo casi elegante: ¿y por qué no pasa lo mismo con China o con Corea del Norte?. La respuesta es incómoda, pero clara: no es que esos regímenes sean mejores que el venezolano; es que son útiles. China produce, compra, presta y sostiene buena parte de la economía mundial. Corea del Norte es una ficha controlada dentro de un tablero más grande. Venezuela, en cambio, dejó de servir. No genera estabilidad, no genera crecimiento y ya no sostiene una narrativa ganadora. En el sistema internacional, la indignación fina y selectiva, no se mueve por principios, sino por conveniencia.
Venezuela no es un caso aislado. Es el síntoma de un orden internacional cansado, capturado por ideologías que ya no convencen y administrado por élites que confundieron neutralidad con militancia. Cuando ese orden deja de resolver problemas reales, otros lo hacen por él. Y lo hacen a la brava, mal y con riesgos, pero lo hacen.
Que no nos engañen, esto no fue una victoria del derecho ni una derrota de la soberanía. Fue el certificado de defunción de un sistema internacional que prefirió cuidar símbolos en lugar de proteger pueblos. Y cuando eso pasa, la historia hace lo que siempre hace: pasa encima, rompe el guion y nos recuerda una verdad vieja pero vigente, primero manda el poder, después llega el derecho a ordenar el desastre.
La soberanía no debía romperse, debía defenderse a tiempo. Cuando los organismos creados para evitar el incendio se quedan viendo cómo arde la casa, alguien más tiene que terminar apagándolo como puede. El derecho que se relativiza por conveniencia se vuelve irrelevante cuando más falta hace. El derecho que no se ejerce a tiempo no desaparece: simplemente llega tarde, y cuando llega tarde ya no arregla nada, solo sirve para explicar por qué no hicimos lo que tocaba. Esa es la factura que hoy paga Venezuela… y la advertencia que todos deberíamos escuchar.









